
Por Adelina Massoli.
A Sergio, el hombre que nunca estuvo allí.
Hace ya más de dos semanas recibí una llamada de mi amigo MG invitandome a un concierto de Paul Oakenfold en Long Beach. El concierto se iba a dar exactamente en el conocido Queen Mary. Sábado era y no lo olvido. Me parecía singular eso de ir a una presentación de música trance-house-tecno lo que sea, pero mucho más si se iba a hacer en el Queen Mary, lugar que siempre me ha llamado la atención. El fin de semana prometía movido y diferente.
El Queen Mary fue en su momento el trasatlántico de mayor envergadura. La nave comenzó a construirse en 1930 encargada al astillero escoces John Brown & Co, pero no estaría lista hasta tres años más tarde, su primer viaje fue atravesando el Atlántico de Escocia hasta New York.
El 30 de agosto de 1939 después de haber realizado varias travesías con el estallido de la 2 Guerra mundial, realiza su último viaje comercial. A partir de ahí se convierte en una nave de transportación de tropas durante la Guerra, cruzando peligrosos oceanos infestados de submarinos nazis dispuestos a hundir con sus torpedos a quien se les pusiera delante.
Un suceso oscuro del Queen Mary es la colisión con el Crucero antiáereo Curacoa, donde de los 430 tripulantes del crucero solo se salvaron 110. Este hecho desencadenó la conocida leyenda de que en la actualidad el barco es rondado por los fantasmas de los tripulantes fallecidos.
Después de la guerra el buque siguió como transporte de civiles pero poco a poco su fama fue decayendo hasta que al final fue dado de baja y vendido a la ciudad de Long Beach en Los Angeles, California. Aquí la nave se convirtió en museo y hotel. Envuelto en la mitología de fantasmas y rarezas que rodean sus camarotes ahora convertidos en habitaciones de hotel, y destinado para siempre a la inmovilidad del muelle al que se encuentra atado.
MG me había dicho que teníamos reservadas igual dos habitaciones en el Queen Mary y que me pasaba buscar con los otros amigos que iban con él. La idea era poder quedarnos en el concierto hasta la hora que fuera sin preocuparnos del regreso. Efectivamente llegamos al buque-hotel y nos alojamos en habitaciones separadas. MG y yo en una el resto en otra, llamemosle AS, AX y FF, tres jovenes que de pronto parecieran los hermanos latinos salidos de algun filme italiano en donde uno de ellos se fija en la novia de otro y terminan luchando entre ellos, destruyendo el viñedo que les dejo el padre y acabando el filme como la fiesta del Guatao (licencia cubana).
Avanzamos por un enorme pasillo que mucho me recordaba al del Hotel Overlook del Resplandor de Kubrick. A medida que caminabamos ibamos escuchando un toque de mariachis en uno de los salones donde al parecer se celebraba una boda al mas auténtico estilo charro. En otro salón se desparramaban gritos en un inglés irlandes, sonidos de cristales chocando en brindis ya etapa terminal de una borrachera, todo esto sumado al vaivén que producen el mar y el viento sobre el buque agregan una sensación llamemosle por el momento “rara”.
Las habitaciones, antiguos camarotes, poseían un toque particular: espacio reducido, el olor del salitre y una ventana que daba a la marina de Long Beach donde los bares y puestos de cerveza continuaban la fiesta que avanzaba en este sábado.
Sabía que en el Queen Mary se habían rodado algunas secuencias de Pearl Harbor, y esto acrencentaba la sensación que estaba en el set de un filme de época donde continuamente lo que sucedía estaba planificado punto a punto.
Decidimos cenar algo más la cena terminó en otro salón-bar donde cantaba una linda jovencita algo desafinada acompañada de una banda temas de Alanis Morrisete y Natalie Imbruglia. Cuantos ambientes diversos para un solo barco. Con varias rondas de cubas con Cola Zero nos pusimos bastante a tono para avanzar al tan mencionado concierto de Oakenfold.
La fauna del concierto era singular, desde jovenes de 18 años de estilo oscuro, ciber-trance hasta extrañas mujeres asiáticas con tacones y vestidos de brillos, carteras en mano. De pronto olvidé por un momento que me encontraba en Long Beach y estaba segura había viajado a algún lugar de Berlín o Hamburgo. De fuerte impacto fue nuestra entrada al lugar AX y FF miraban hacia todos lados, mientras AS se maravillaba al parecer por los efectos de las cubas, MG se mantenía en cambio reservado y hablo poco en toda la noche.
Así vinieron dos DJ de teloneros (no logro recordar los nombres en algún lugar debo de tener el programa). Se mantuvieron pinchando y al rato sin saber por donde apareció Oakenfold con una bufanda roja y unas gafas enormes, lo iban como moviendo de manera automata, entre fans y algún que otro stop para una foto compuesta. El maestro del Trance parecía estar como ausente y me miró, por un momento juraría que el no quería estar ahí y pedía casi a gritos que alguien viniera a aguar la fiesta y llevarselo.
Paul Oakenfold nació el 30 de agosto de 1963 en Inglaterra y hoy por hoy es quizás el mas reconocido DJ del planeta. Desde hace años vino a vivir a Los Angeles y muchas veces ha planteado un retiro (que al parecer es solo parcial) para dedicarse a componer música para cine. Sus temas han aparecido en filmes como Swordfish, Appleseed, The Matrix Reloaded, The Matrix Revolution, Die Another Day, Collateral entre otros.
Desde adolescente Oakenfold se dedica a las cabinas y discos. Después de participar un tiempo en la banda Grace alcanza notoriedad y exito con sus remixes. En 1998 saca su disco Tranceport el cual lo lanza internacionalmente siguiendo con el disco Perfecto Presents Another World el cual los críticos clasifican como su mejor disco hasta la fecha.
En el 2006 lanzó un nuevo álbum solista, A lively mind. El primer corte de la placa, “Faster Kill Pussycat” que tiene a la actriz Brittany Murphy como invitada en las voces, gozó de alta rotación en las radios mundiales.
DE PRONTO COMENZO EL AULLIDO. Oakenfold estaba sobre las mesas y pinchaba en medio de una multitud enartecida que gritaba y se movía desenfrenadamente. Nuestras rondas de bebidas continuaron (por lo menos las mías).
Poco a poco se me fueron perdiendo mis compañeros, primero MG quien desapareció misteriosamente como en aquel “Dr Jerkill y Mr Hide” donde Spencer Tracy desaparecía misteriosamente a punto casi de su transformación. Así también vi como AX y FF se perdían entre la multitud, AS no daba más (demasiado)…. yo trataba de ubicarme en un tiempo y espacio inexistentes. Me introduje en la jungla de cuerpos y al ritmo trepitante de la musica fui bailando, se me acercó una pareja, dos más, una chica parecida a Esther Cañadas que evidente quería besarme. Y así poco a poco fui desplazandome con ritmos que me eran conocidos: With or without you de U2, Red Hot Chilli Pepers, Collateral y algún mix que le había escuchado a Madonna. La perfección armónica del inglés Oakenfold en aquella noche longbeachniana.
Tenía la llave de mi habitación, el concierto había terminado, de pronto quede sola. Avance a tientas casi sin poder sostenerme hasta el interior del barco. El lugar estaba desierto, en la popa unos borrachos mascullaban en voz alta, las bodas y fiestas locales habían terminado. El sonido del mar era seco, casi cortante, avance entre la estampada alfombra del pasillo y no sin trabajo entre a mi habitación. Me recordaba de aquél cuento de Cortazar donde Petrone llega a un extraño hotel y empieza a sentir del otro lado de la habitación a través de una puerta condenada el llanto de un niño y es que mi habitación (cosa que no había notado antes) tenía una puerta condenada igual. Me senté sobre la cama extenuada MG no había regresado y no sabía de los demás. El sonido de la olas y el vaivén imperceptible del barco continaban dando una sensación espectral al lugar, solo faltaba que entrara un cuervo por la angosta ventana.
Siempre se ha dicho que la presencia fantasma en el Queen Mary es más sensitiva, la sensación constante de que alguien está contigo todo el tiempo, de que no estás solo, y honestamente aquello comenzaba a darme un poco de miedo. MG y AS se pasaron la noche hablando del amigo mexicano que no pudo asistir y yo pensaba que realmente se había perdido un espectáculo irrepetible, no solo Oakenfold y el Queen Mary sino la extraña atmósfera que rodaba aquél sábado que era 14 y por suerte no viernes y 13.
Mil imágenes vinieron a mi mente, recordaba cuando había sido striper, periodista, galerista, diseñadora de moda, mil y mil oficios y al final cineasta, vouyerista-exhibicionista. En una ocasión me encontraba rodando “Always” documental que nunca se llegó a editar por falta de fondos y del cual aún conservo las latas acopiadas en mi desván (12 de super 16) sobre algunos grupos indígenas de la zona limítrofe entre México y USA. Para que confiaran más en nosotros consumimos peyote cosa que por supuesto nos produjo alucinaciones y estados tales como los que estaba sintiendo. Recuerdo haberme perdido mas de 8 kilómetros en medio de un desierto donde casi muero de una insolación sólo con mi envejecida cámara de cuerda encima. Eso si experimentando un raro tryp de sicodelia profunda, rodeada de seres mitad humanos mitad animales de no se donde, que me hablaban en una extraña lengua….
Decidí dormir, les podría agregar que salió algún fantasma, y que aquél terror que me inundaba hubiera tenido algún sentido, pero no fue así, nunca sucedió. A veces solo me exaltaban los pasos apresurados de alguien que avanzaba por el pasillo. Pensé en Oakenfold y que estaría pensando de su propia presentación, la cual por suerte nunca se suspendió. Pensé en aquel lugar impreciso que por momentos era puerto, buque, Berlín, Hamburgo, Long Beach o un indeterminado espacio de otro tiempo . Me levanté nuevamente, bebí un sorbo de agua y me puse a mirar a través de la ventana de camarote las cantinas de la marina ahora ya cerradas y vacías, eran casi las 5 y media de la manana y no recordaba que en L.A el sol sale muy temprano, directo, afixiante a veces. De pronto, y sin que me percatara del momento exacto alguien del otro lado de la puerta condenada comenzó a cantar, era un canto leve casi imperceptible, nada fantasmal, humano, demasiado humano quizás. Quize acercarme a la puerta para escuchar de cerca, agacharme, pegar mi oreja a la madera y tararear, pero el amanecer me mantenía inmovil, estaba como muerta y decidí quedarme así…..
Rodeo Drive. 28 de junio 2008.
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Tumbada en el tejado de mi casa veía los papalotes y chiringas arrebatarle ciertas condolencias a la brisa, mientras recortaba las siluetas de los vecinos y sacudía mi pelo hacia atrás para que el sudor no se acumulara en mi cuello. Silvia venía cada tarde a escuchar a The ramones y a Sex Pistols. A saber por qué nos gustaban tanto. Ella prefería escucharlos en mi grabadora viejísima que enredaba y hacía lucir a Sid Vicious como ido de revoluciones como decíamos de chiste. En su casa tenían ya algunos adelantos, su papá era marinero y siempre creía sorprenderla con alguna novedad tecnológica. Igual ella prefería reírse con la disfuncionalidad de mi tape recorder
Sofía se parece un poco a Gemma o tal vez lo imagino, la cara un poco ancha, redondísima, el mentón perfectamente terminado y simple, esbozado sutilmente el ángulo, los labios muy finos y pequeños. ¿Le habrían llegado aquellas fotografías? Sofía nunca me miró, a pesar de que continuaba sentada frente a mí. Era muy alta podía notarlo por la rectitud del torso y la amplitud del brazo al reclinarse a recoger algo caído al suelo. La miré lo suficiente como para notar que algo me hacía dudar de su perfección. Sofía me hizo renunciar a mi devoción por aquella imagen de Richard Avedon, en la que una mujer vestida de blanco flotaba en el agua con el cuerpo totalmente hundido, los pies descalzos y el rostro fuera del agua nunca puede verse. Me acerqué lentamente hasta que estuve lo suficientemente cerca como para poder inclinarme hasta su oído y segura le pregunté: ¿Me prestas uno? Es que he olvidado los míos
Pienso que el esfuerzo de Asori Soto, como el de muchos otros jóvenes cubanos, por concretar una vocación creativa contra viento y marea, ya está en tiempo de ser comentada y apoyada desde la misma generación por quienes se ensayan en la crítica, y prefieren artistas legitimados, antes de arriesgar una opinión sobre una producción en riesgo, ignorando a estas alturas que las generaciones para vencer tienen que conspirar unidas. Es el reclamo de una generación que quiere trabajar y construir nuevas utopías. Una generación que ha tenido que sobreponerse al desconcierto y la falta de expectativas, y que a pesar do todo no renuncia a un futuro construible y esperanzador.
Con el guión y proyecto de cortometraje “La misión”, Asori Soto obtuvo
Un nuevo recurso que apoya este análisis es la cuidadosa selección de planos. Unos recrean de modo preciosista los elementos de la naturaleza con vistas generales del paisaje, mientras otros ofrecen un acercamiento a los personajes, a sus rostros que delatan sentimientos, interioridades. Vuelven a unirse los extremos para integrarse a un discurso coherente, pues mediante el contraste de los valores de planos utilizados, Reygadas, levanta -quizás sin saberlo- un sentido especial que tributa al conflicto presentado en el argumento. Los encuadres más abiertos hablan de la exposición y vulnerabilidad del protagonista ante el peso agónico de la culpa. Aprovecho ahora para introducir una pequeña digresión: la infidelidad no es un accidente, sino una elección que conduce a la inestabilidad emocional debido a la promiscua convivencia del secreto y la mentira con mucho de deseo por la tercera persona (gran confusión). El verdadero sentido de la palabra “infiel” se refiere al que ha perdido la fe, por ello es que -desde un punto de vista psicológico- la infidelidad se asemeja al enamoramiento, pues ambos poseen un carácter temporal e involucran una intensa dosis de irrealidad, fascinación, ilusión y transitoriedad.
Juno sale embarazada y decide dar en adopción su hijo. El indicio que lleva al núcleo es su decisión de no interrumpir su embarazo. Los motivos por los que el personaje desea conservar la vida de su hijo, en verdad, no son nada convincentes. Digamos más bien que está el miedo que el compadecimiento. El miedo se exacerba tras un ridículo escozor provocado por los miedos. Como Holden, el personaje de Salinger, su argumento roza lo estulto “ellos tienen uñas´´, hecho este que no deja de mostrar una gracia tremenda a la hora de dar caracteres del protagónico, pues trasluce su espíritu de freak indie adolescente. El rechazo del aborto puede ser, incluso, una actitud contracorriente con el planteo que desde las sociedades de un pensamiento más civilizatorio se escrime. Pero esa ida por la vuelta como rebeldía, cae en la trampa del conservadurismo.
Por Clarissa Muller
Mi primer orgasmo lo recuerdo con la misma precisión con la que admiré aquel cuadro de la Escuela de Fontainebleau en una clase de la Sra. Meredith. Una chica tocaba suavemente el pezón blanquecino de otra en idéntica posición sentada a su lado.
y olía misteriosamente a Chanel. Permanecí semanas expiándola, después de haberla encontrado paseando por el parque, a través de los breves espacios de la entrepersiana de su habitación. Una hora se tardaba en elegir la ropa adecuada. Tarde era de mayo, mientras trataba de escurrirme silenciosa y cayeron al suelo un montón de revistas que llevaba bajo el brazo. Monique se volteó y apuró el paso hasta la persiana. La abrió sin susto escudriñando y me descubriócon la complacencia y la naturalidad de antiguas conocidas. Monique desapareció y sólo alcancé a ver su silueta entrecortada por las persianas, mientras recomponía mi paquete. La volví a ver el día siguiente sentada frente al portón de la escuela, caminamos juntas hasta su casa. Los contornos de mi cuerpo afloraron tras la suavidad de un vestido, un Dior clásico avolantado que Monique me había colocado sobre la cama. No era una de aquellas imitaciones que Sophie hacía por encargo para las quinceañeras, copiados de las vidrieras de la Gran Plaza. Acostumbrada a las confecciones caseras de mi madre y alas mías propias, aquel vestido de tafetán rojo, se deslizó sin aspereza cuando Monique bajó la cremallera. La figura de Kate Moss retratada en la portada de una revista Elle observó la lentitud con la que entrecruzamos las piernas. Sólo ocurrió una vez y no volví asu casa nunca más., ni ella me esperó nuevamente a la salida del colegio. Con veinticuatro años las cosas ya no son las mismas, he dormido con mujeres y hombres y no comprendo muy bien aún la diferencia. Aquellas imágenes juveniles, andróginas, anoréxicas, junkies


R.- Siempre quise contar con una actriz como Manuela, que una semana antes del ‘casting’ se había matriculado en una escuela de Arte Dramático. Alguien capaz de mostrarse como una niña, llena de espontaneidad, inteligente, optimista y, a la vez, con mucha dignidad. Manuela me ha reconocido más tarde que rodar ‘Caótica Ana’ ha sido la experiencia más ‘euforizante’ que ha experimentado, que nunca se había sentido tan feliz. Una sensación que llegó a contagiarnos a todos.